Aprender a programar hoy

Ya es inevitable la pregunta cuando alguien está por elegir una carrera: Si la inteligencia artificial ya escribe código, ¿tiene sentido aprender a programar? La respuesta corta es que sí. Aunque quizás tengamos que empezar a redefinir (o ajustar, al menos) de qué hablamos cuando decimos programar.

En realidad, aprender a programar nunca fue aprender a tipear código. El código es una parte, quizás la más visible, pero el corazón del oficio siempre estuvo en otro lado, al menos para quienes queremos hacerlo bien y sobrevivir al paso de los años y las tecnologías. La clave está en entender qué problema se está resolviendo, partirlo en pedazos manejables, anticipar dónde va a fallar, decidir qué simplificar y qué hacer bien. Eso no cambió en la era de la inteligencia artificial generativa. Quizás, incluso, lo dejó más expuesto, porque la parte mecánica que la disfrazaba ya no está.

El problema es que la pedagogía tradicional empieza al revés. Se enseña sintaxis primero, después estructuras, después algoritmos, y solo cuando el alumno ya escribe sin trabarse aparecen los problemas reales. Ese orden tenía sentido cuando la sintaxis era una barrera de entrada y dominarla llevaba meses. Hoy la sintaxis no es barrera, la entrega un asistente. Lo que sigue siendo barrera es leer un programa ajeno y entender por qué hace lo que hace, o mirar un sistema que no funciona y formarse una hipótesis sobre dónde está el error. Esa lectura crítica del código y del comportamiento de los sistemas es lo que hay que enseñar primero, no lo último.

Hay otra cosa que cambió. El alumno que aprende hoy tiene a su disposición un tutor inagotable que le explica cualquier concepto las veces que haga falta. Esto es un avance enorme cuando se usa bien y un retroceso silencioso cuando se usa mal. Bien usado, acelera la curva. Mal usado, produce un alumno que se siente fluido sin haber entendido nada, porque siempre tuvo a alguien al lado pasándole la respuesta. La diferencia entre un caso y otro está en si el alumno se obliga a tropezar o si esquiva el tropiezo cada vez que aparece.

Para quien arranca hoy, el consejo es menos romántico de lo que era hace diez años. Aprender a programar sigue valiendo la pena, pero la apuesta es a largo plazo y exige una disciplina que la herramienta misma se encarga de erosionar. El que entienda esto y trabaje contra la corriente va a ser, en cinco años, el que decida qué construyen los demás.

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