Leía este artículo de mi blog favorito, Microsiervos, sobre los programas que se copiaban de las revistas me dejó pensando en una extinta forma de acercarse a la informática que consistía en comprar revistas y llevarse las instrucciones para hacer funcionar juegos y utilidades de software que había que teclear línea por línea. Equivocarse en un carácter podía obligar a revisar todo y, a veces, si el error venía de la imprenta, tocaba esperar la corrección en el número del mes siguiente.
Yo soy de los 90, así que llegué tarde a esa época, pero mi padre tenía colecciones de revistas y pasaba horas leyéndolas y soñando con lo que aparecía en esas páginas, por lo que me sigue llamando poderosamente la atención que el software pudiera llegar de esa manera a una casa. Una misma publicación distribuía programas, enseñaba a escribirlos y reunía a personas con ganas de experimentar. Incluso leídas años después, esas revistas conservaban la capacidad de despertar curiosidad.
Sería injusto confundir aquellas limitaciones con una garantía de calidad. Un programa corto también puede ser incomprensible, y copiar páginas de números tenía bastante menos encanto del que adquiere visto a la distancia. Pero había algo atractivo en la escala: un programa podía caber en unas páginas. Era posible recorrerlo entero, seguir sus instrucciones y empezar a entender cómo funcionaba. Para alguien que leía esas revistas con curiosidad, la computadora se presentaba como una máquina sobre la que se podía intervenir. Sus posibilidades estaban ahí, a la vista, esperando que alguien se animara.
Hoy, en plena era de la inteligencia artificial, extraño esa cercanía y la simplicidad del código bien escrito. Podemos pedir una solución y recibir mucho código antes de haber terminado de pensar el problema. La facilidad invita a aceptar piezas que todavía no entendimos, funciones que nadie pidió y estructuras cuyo mantenimiento después queda a nuestro cargo. El costo de escribirlas baja; el de comprenderlas y corregirlas sigue existiendo. Para quien depende de un sistema en su trabajo, eso termina siendo muy concreto: cuánto cuesta cambiar algo, cuánto tarda una reparación y si otra persona puede hacerse cargo.
El código bien escrito tiene algo de consideración por quien viene después. Usa nombres claros, hace lo necesario y permite entender sus decisiones sin una investigación. La IA también puede ayudarnos a escribir así, siempre que sepamos exigirlo y dediquemos tiempo a revisar. Me gustaría que una parte de la velocidad que ganamos sirviera para eso: Detenernos, sacar lo que sobra y dejar algo comprensible. Todavía me atrae la idea de abrir unas páginas y sentir que, con paciencia, puedo entender lo que tengo delante. Tratemos de, al menos, no dejar de revisar el código.
