Con casi cualquier tecnología nueva el reflejo habitual (al menos el de alguien con experiencia) suele ser esperar. No (o no siempre, a veces si) por ser conservadores, sino porque sabemos cómo viene el tema. Lo último de lo último cambia rápido, rompe cosas, se rompe a sí mismo, queda viejo en meses, trae problemas de seguridad ocultos, cosas que todavía nadie entiende del todo. Un framework recién salido, una base de datos de moda o una arquitectura demasiado novedosa suelen ser una base inestable y por lo tanto es una buena idea mirarlo con cierta distancia antes de entrar en producción.
Con la inteligencia artificial está pasando algo distinto. La presión no es esperar a que madure, sino incorporarla ya, o ayer, mejor. Si una empresa no tiene IA en su producto, parece atrasada. Si un profesional no la usa, parece que se está quedando afuera (y, muchas veces, se queda afuera del mercado en serio). Si una herramienta no promete agentes, automatización o generación de algo, parece menos interesante.
Pero no perdamos de vista que estamos en plena cresta de la ola, y eso hace difícil distinguir entre adopción razonable y reflejo ansioso.
El problema no es usar IA, sería absurdo negarle valor a una tecnología que ya está cambiando la forma de trabajar, programar, buscar información, atender clientes o procesar documentos. El problema es tratarla como si por ser inevitable también fuera automáticamente madura. Una tecnología puede ser importante y al mismo tiempo estar verde, puede ser útil pero inestable, puede ahorrar tiempo en una tarea mientras crea riesgos nuevos en otra.
En software, el entusiasmo casi siempre viene antes que las buenas prácticas. Primero aparecen las demos impresionantes, después los casos reales, después los accidentes, y recién más tarde los criterios sólidos. Con la IA estamos atravesando todo eso a gran velocidad, de hecho parece que todo se acelera cada vez más. Cambian los modelos, cambian los precios, cambian las APIs, cambian las capacidades, cambian las reglas de privacidad, cambian las expectativas de los usuarios. Lo que hoy parece una decisión obvia puede volverse una deuda técnica en pocas semanas.
Definitivamente creo que no sería una postura sana resistirse. Pero quizás tampoco lo sea subirse a todo sin pensar. Volvamos al criterio que ya usábamos con otras tecnologías. Pensemos antes de construir, pongamos el tiempo que ahorramos en entender mejor las soluciones, buscar incorporarla en donde aporta valor real, y no confundir novedad con obligación. La IA llegó para quedarse (salvo alguna catástrofe, creo), pero eso no significa haya que meterla a la fuerza en cada rincón. A veces estar un poco detrás de la ola permite ver mejor hacia dónde rompe.
