Estamos viviendo una época donde la conversación diaria es dominada por los gigantes de la inteligencia artificial, hay una dinámica silenciosa que está moviendo recursos inconmensurables y voluntades en todos los niveles. En especial para los trabajadores del conocimiento, la IA nos hace sentir un riesgo latente de quedar obsoletos, de no poder mantenernos relevantes en un mundo que se mueve a una velocidad inédita. Y trae aparejado un sentimiento de desolación, o al menos desorientación.
Sin embargo, tratemos de verlo con una óptica optimista.
Por debajo del ruido, está pasando algo más, en sentido contrario. La misma tecnología que está concentrando capacidades en muy pocas manos está, al mismo tiempo, distribuyendo capacidades en muchísimas otras. Y esa distribución, para los que trabajan en chico, es la mejor noticia en mucho tiempo.
Lo concreto, hoy, es que una persona sola puede hacer un montón de cosas que hasta hace muy poco requerían un equipo. Un diseñador puede ofrecer servicios que antes pedían un estudio creativo. Un abogado solo puede manejar un volumen de casos que antes pedía un grupo de colegas. Un programador puede entregar productos completos en plazos que antes eran imposibles. Una pyme puede tener atención al cliente disponible las veinticuatro horas sin contratar a nadie de noche, su propia operación de marketing digital, su propio análisis de ventas. No es una promesa, ya está pasando.
Esta dinámica, además, le viene especialmente bien a un país como el nuestro (Argentina). El cuello de botella histórico para el emprendedor argentino no fue la falta de talento ni la falta de ideas, fue la falta de capital y la dificultad para construir capacidad operativa con costos en dólares. Lo que la inteligencia artificial está haciendo, sin proponérselo, es bajar drásticamente el costo de tener esa capacidad operativa. Lo que antes pedía contratar gente y sostener nóminas grandes, hoy se puede empezar con una suscripción y trabajo bien dirigido. El emprendedor con oficio nunca tuvo, en términos de herramientas a su alcance, un mejor punto de partida.
La promesa de que cualquiera puede emprender cualquier cosa porque la IA hace el resto es falsa, dejemos de consumir ese contenido basura. La promesa real, más modesta y más sólida, es que a quien tiene oficio le bajaron muchísimo las barreras para llevarlo al mercado por su cuenta.
Si me preguntan si estoy preocupado por lo que viene, suelo responder que no, que es progreso, es un proceso, pero hay un tema que persiste, aunque no por lo que parece. La pelea entre los gigantes va a definir cosas importantes. Pero, en cambio, lo que está pasando abajo, es lo que entusiasma. Por primera vez tenemos al alcance herramientas que hasta hace nada eran territorio exclusivo de la ciencia ficción. En un país que necesita más emprendimientos saludables, eso es una buena noticia que vale la pena contar.
