Día Mundial de la Codificación

El 29 de octubre se celebra el Día Mundial de la Codificación, una fecha impulsada por la UNESCO que tuvo su primera edición en 2024 con el propósito de acercar la programación a más personas y reconocer su lugar en la educación. Este año, además, invita a una discusión bastante concreta: Qué sentido tiene aprender a programar cuando podemos pedirle a una inteligencia artificial que escriba el código (algo que ya hablamos por aquí).

Creo que sigue siendo igual de importante que siempre, ya que es lo que nos permite entender qué estamos construyendo, aunque en última instancia sea la IA la que escribe el código.

La palabra codificación puede sonar, además de raro en español, distante, pero sus consecuencias son cotidianas. Hay código detrás de un turno médico, una transferencia y el sistema que calcula cuánto stock tiene un comercio. Allí quedan escritas decisiones sobre quién puede acceder a determinados datos, cómo se calcula un importe o qué ocurre cuando una operación falla. Entender algo de programación permite reconocer que cada aplicación responde a reglas elegidas por alguien. Y que esas reglas se pueden discutir, corregir y mejorar.

Por eso me parece valioso que exista una fecha dedicada a ampliar el acceso a estos conocimientos. La UNESCO advierte sobre las diferencias en las oportunidades de formación entre países y sobre la menor participación de mujeres y niñas. Aprender a programar puede abrir una salida laboral, pero también aporta herramientas para participar en decisiones que ya afectan a casi cualquier actividad. Una escuela que enseña a pensar un problema, dividirlo en partes y comprobar una solución está ofreciendo conocimientos que sirven mucho más allá de una pantalla.

La IA agrega una posibilidad enorme: Permite probar ideas y construir aplicaciones con menos trabajo de escritura manual. Eso merece entusiasmo, aunque conviene mirar qué pasa después de la primera demostración. Pensemos en una aplicación para registrar ventas: que guarde una operación correctamente deja pendientes otras preguntas. Qué hace si se interrumpe la conexión. Si cobra dos veces ante un reintento. Si permite que un empleado consulte información que debería estar restringida. Resolver esas situaciones exige entender las reglas del negocio y comprobar cómo quedaron expresadas en el software.

El código conserva su importancia porque sigue determinando lo que el sistema hace, incluso cuando nadie lo escribió a mano. Podemos delegar su escritura y aprovechar ese tiempo para revisar mejor, probar más y tomar mejores decisiones. La responsabilidad sobre el resultado sigue teniendo un destinatario humano. Cuando una aplicación calcula mal un sueldo, «lo generó la IA» explica su origen, pero es solo una excusa que no refleja responsabilidades y deja el problema exactamente donde estaba. Podemos seguir haciéndolo bien.

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